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Biografía de Sánkara (IX)

Unidad de Tradición

Sánkara restaura la Tradición védica
Al comienzo del siglo VIII, la más influyente escuela ortodoxa era Purva Mimamsa, que interpretaba los Veda, principalmente, bajo su aspecto ritualístico (karmakanda) y como códice de los deberes individuales (dharma). En aquél periodo vivía en Prayaga (la Allahabad actual), a unos 120 kilómetros al oeste de Benarés, el Maestro Kumarila Bhatta, uno de los más grandes mimamsaka de los que habían existido hasta entonces. Según la tradición, Kumarila era una encarnación del señor Subrahmanya, segundo hijo de Siva y Parvati, que se había encarnado en él para restablecer las imposiciones védicas contra el Buddhismo decadente de la época. Siendo muy joven, Kumarila, aunque nacido en una familia brahmánica, tuvo éxito cuando se hizo aceptar en un monasterio buddhista (vihara) donde estudió toda la doctrina heterodoxa, pero apenas salió del vihara, conociendo a fondo los argumentos y los puntos doctrinarios buddhistas, se apresuró a confutarlos públicamente y a restablecer solemnemente la validez del rito védico.

El Maestro de Kalati se dirigió de todos modos a Prayaga para encontrarse con Kumarila, persuadirlo de la validez de la interpretación Advaita y, en lo posible, hacer que se adhiriera a esta visión.

Llegando a Triveni, en la confluencia de los tres ríos sacros (Ganga, Yamuna y Sarasvati), Sánkara supo que Kumarila había apenas comenzado un rito de expiación (agnikunda). Kumarila, de hecho, en su intenso deseo por restablecer la Tradición védica (vedikamatha), había incurrido en dos faltas muy graves. Por una parte, en su juventud se mostró como buddhista y se hizo admitir como tal en el monasterio, por lo que había mentido al guru y había traicionado públicamente la enseñanza recibida. En segundo lugar, defendiendo con tenacidad el punto de vista mimamsaka, había negado bastantes veces la existencia de Dios. Kumarila había decidido, por tanto, reparar sus dos errores inmolándose: sentado en el centro de un enorme montón de glumas de arroz, él mismo había encendido el fuego. Su cuerpo físico comenzaba a consumirse cuando Sánkara llegó, pero al gran Maestro mimamsaka, permaneciendo del todo consciente en el centro del fuego, le indicó que, habiéndose ya iniciado el proceso de expiación, no podía volver atrás. Hasta el último instante, Kumarila conservó el total control de sus facultades y la presteza de espíritu, declarándose feliz de que sus últimos instantes transcurriesen en compañía de un secuaz de la Tradición (smarta) y de aprobar las tesis no dualistas. Al final, sugirió a Sánkara que encontrara a Visvarupa, otro grande mimamsaka, ante el cual podría defender sus puntos de vista.

Sánkara se dirigió entonces a Mahismati (Bihar septentrional), pero, debido a que Visvarupa estaba en el interior de la casa cumpliendo con la ceremonia de la sraddha para los Mani, encontró la puerta cerrada. Sin embargo, Sánkara, empleando poderes yóguicos, penetró en el interior de la casa. Cuando Visvarupa, que estaba atendiendo los ritos, lo vio aparecer delante de él con un hábito ocre, se irritó enormemente. ¿Con qué derecho un samnyasin, que ha renunciado al mundo y, por tanto, no tenía ya nada que ver con ritos domésticos, venía a molestar el desarrollo de una ceremonia de ofrenda a los Mani? Los brahmana que estaban oficiando el rito junto con Visvarupa, aun estando de acuerdo con él, le hicieron notar que, si bien era verdad que un samnyasin no tenía nada que hacer en una ceremonia sacrificial, tampoco debían olvidar las normas del Código de las Leyes (Dharmasastra). Así, declararon expresamente que los participantes no deben perder la calma sea lo que sea que suceda durante el desarrollo de un rito. Además, pidieron a Visvarupa que olvidase el incidente y que invitara al samnyasin a participar en su comida. Sánkara respondió que no había ido a mendigar comida (anna bhiksa) sino a mantener un debate filosófico (vada bhiksa) con Visvarupa, quien terminó aceptando.

Al día siguiente, después de haber establecido las obligaciones del vencido, cualquiera que fuese de los dos, los contendientes dieron inicio a su debate. Los pactos obligaban a Visvarupa a abrazar inmediatamente la vía del Advaita Vedanta y a Sánkara, en su caso, a renunciar a su posición no dualista, vestir los hábitos blancos del mimamsaka y aceptar desde ese momento el punto de vista ritualista. El árbitro de la disputa sería Bharati, mujer de Visvarupa, apreciada por la finura de sus conocimientos, quien puso en torno al cuello de los contrincantes una guirnalda de flores frescas (mala) y anunció que aquél cuya guirnalda marchitara antes sería declarado vencido. Al cabo de seis días, Visvarupa, sin apenas argumentos ante la irrefutable exposición de Sánkara, comenzó a perder terreno en el debate y, poco a poco, la guirnalda de flores comenzó a marchitarse. Finalmente, Visvarupa tuvo que reconocerse vencido y, como había sido establecido antes de la disputa, pidió la iniciación y se hizo samnyasin. Sánkara le dio el nombre de Suresvara. Bharati, como fiel esposa hindú, renunció también al mundo y entró en una comunidad femenina.

Poco tiempo después, Sánkara reemprendió sus viajes triunfales (digvijaya). Visitó todos los lugares sagrados (tirtha) y efectuó los más importantes peregrinajes (yatra) promoviendo ininterrumpidamente debates con los representantes de otras escuelas, tanto ortodoxas como heterodoxas. Su propósito no era tratar de convertir al Advaita a los sostenedores de las otras doctrinas por un mero espíritu de proselitismo, sino establecer en la India la unidad y la paz. La doctrina de la No-dualidad, el kevaladvaita, se basa en la autoridad de la Sruti. Sánkara interpretaba las Upanisad sirviéndose de la razón pura; su lógica implacable era capaz de demoler toda argumentación. El Vedanta Advaita no es una doctrina que viniese a rivalizar con las demás escuelas ortodoxas o heterodoxas; el Vedanta Advaita no las combate, al contrario, las ilumina desde dentro y muestra a todos que una Verdad única polariza el conjunto.

Tanto los puntos de vista tradicionales del samkya y de los mimamsaka como las doctrinas buddhistas y jaina son válidos siempre y cuando no se pierda nunca el punto de vista de la Realidad suprema (brahmadvaita).

Sánkara no se contentó con combatir las herejías que se habían infiltrado en el hinduismo tradicional. Ante la decadencia de las costumbres y de los ritos, estableció una radical reforma religiosa.

Con esta finalidad, instituyó dieciséis órdenes (dasanami) con la tarea de dar testimonio en toda la India, gracias a una vida ejemplar, de la continuidad de las tradiciones advaita.

Pronto fundó los monasterios (matha) donde la enseñanza de la Sruti (Veda-Upanisad) y de la Smrti -conjunto de textos posteriores que comprende los Vedanga, las mitologías (Purana), las epopeyas (Itihasa) y los seis darsana filosóficos tradicionales– podían ser impartidas a través de una sucesión de Maestros espirituales (jagadguru) agrupados ellos mismos entorno a Maestros advaitin (acarya) y a numerosos sabios y doctos (pandit) que tendría constantemente viva la Tradición. Sánkara funda estos monasterios en los cuatro ángulos de la península: en el Oeste, en la península de Kathiyavar, en Dvaraka, ciudad donde Krsna reinó durante algún tiempo; en el Norte, en Badharinatha (en el Himalaya); al Este, en Jagannathapuri, en Orissa; y en el Sur, en la ribera del Tungabadra, en Srngeri, Maisur, y en Kancipuram, Tamilnadu. En su país natal, Kerala, sus discípulos fundaron tres matha en Trichur, uno de los nobles lugares de la India donde hoy se enseña el Rgveda Samhita.

Desde Ramesvaram hasta el Himalaya, Sánkara visitó los grandes templos hindúes cualquiera que fuese su tendencia. Lo importante para él no era el modo en que el rito era seguido o la divinidad escogida (ista devata), sino la intensidad de la fe y la sinceridad con la cual, a través de la divinidad, se tendía a la Conciencia suprema. Antes o después, el nivel de los ritos, que no son meros actos y plegarias, productoras únicamente de una pacificación momentánea de la mente, debía ser superado para llegar a la visión del Ser único.



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