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Biografía de Sánkara (VIII)

Unidad de Tradición

La estancia en el Himalaya y la visión de Siva
Badarinatha es uno de los centros de peregrinaje más sagrados de la India, estando como está junto al manantial en el que nace el Ganges (Gangobheda), el más puro de los ríos que santifican la tierra con su solo contacto. Aquí, los profetas Nara y Narayana, de los que toman el nombre dos centelleantes picos gemelos, tuvieron su propio eremitorio, el Badarikasrama… Apenas llegaron, Govinda introdujo al joven Sánkara y lo llevó ante la presencia de Gaudapada. Sánkara se postró a los pies del maestro (paramaguru), quien lo acogió con dulzura y prometió enseñarle todo cuanto sabía…

  Tan pronto como obtuvo la deseada autorización para comentar el Agamasastra, Sánkara los hizo con tal satisfacción que Gaudapada le mandó comentar también el Triple Canon Vedanta al completo. Durante los cuatro años sucesivos, el joven se dedicó a esta obra, acabando su propia fatiga con el Brahmasutrabhasya. Con sólo dieciséis años, tenía ya todas sus obras compuestas; los 16 años sucesivos los dedicaría a su difusión. Pero antes de dar inicio a esta segunda mitad de su vagar terrenal, Sankara pasó por una investidura todavía más solemne que las dos que ya recibió en su pueblo natal y en el río Narmada. Gaudapada decidió, de hecho, presentar al chico a su propio guru, Suka, e incluso a su paramaguru, el mismísimo Badarayana, que en aquella época meditaban en una cumbre del monte Kailasa…

  Con ocasión del encuentro con los dos ancianos, Sánkara expresó su gozo componiendo el Dhanyastaka o Dhanyastotra (ocho versos sobre los Beatos), un himno en su honor. Su exposición del Brahmasustrabhaysa les llenó de entusiasmo y confirmaron que Sánkara había captado y expresado perfectamente la Realidad trascendente  de las Upanisad

Badarayana e Suka exhortaron a Sánkara a que fuese a Benarés, el centro de la cultura hindú de la edad clásica, para difundir allí la doctrina y confutar a la escuela heterodoxa. Después, los tres maestros bendijeron a su digno sucesor y desaparecieron: con el advenimiento de Sankara, su misión concluía.

Sánkara quedó solo. Los tres sabios se habían disuelto como un sueño y en aquel momento toda la existencia humana se le reveló en su verdadera naturaleza: insustancial, absurda, similar a un barato espectáculo de ilusionismo. El dolor por la partida de sus guías espirituales dio lugar a un desapego absoluto y a una aspiración ardiente por terminar con toda ilusión. Esta disposición interior son los presupuestos de la experiencia liberadora del Maestro divino. Gracias a estos, Sánkara entró en una perfecta sintonía con el propio arquetipo trascedente y la soledad de aquel pico batido por los vientos germinó en una visión maravillosa. Sánkara vio frente él a un joven de sobrehumana belleza, a los pies de un árbol de vata, bajo la sombra de un tabernáculo de flores perfumadas. El joven tenía tres ojos y la hoz de la luna entre los cabellos entrelazados formando una tiara, el cuerpo cándido como la leche, resplandeciente de luz interior como el cristal. Entre las filas de perlas que recaían sobre su pecho cruzaba una serpiente, que se retorcía rodeando su garganta, de un profundo azul zafiro. En tres de sus cuatro manos, un rosario, también de perlas, un cuenco colmado de rojo amrta, la bebida de la inmortalidad, y un libro cerrado. La cuarta mano estaba apoyada sobre el corazón, en el gesto simbólico de la conciencia eterna. A su alrededor, formaciones de profetas de blancas cabelleras estaban sentados, con sumo respeto, contemplando al Dios.

Siva se manifestaba al propio Avatara en la forma de Daksinamurti, la hipóstasis del conocimiento total y el silencio elocuente. Sánkara entró en samadhi contemplando el rostro sereno de la aparición; cuando emergió de aquel estado, se postró ante el Maestro supremo entonando el Daksinamurtistrota (himno a Daksinamurti) que compuso allí mismo. Entre los venerables sabios que formaban la corona de Siva, Suka dio un paso adelante e intercedió por el discípulo del discípulo del su propio discípulo: Sánkara era digno de recibir la más alta iniciación. Siva asintió sonriendo en silencio. Sus asistentes ejecutaron inmediatamente los preparativos necesarios. Sánkara fue rociado por ellos con agua del río Ganges y sometido a las purificaciones del rito. Con el cuerpo untado de cenizas, se puso un nuevo vestido de asceta itinerante y, empuñando con una mano el bastón y con la otra el cuenco de las limosnas, renunció solemnemente a todo deseo, comprometiéndose a una completa obediencia de la voluntad del Maestro inmortal. Luego avanzó poniéndose a los pies de Siva y compuso al instante los cinco versos de la Parapuja.

El Maestro divino le comunicó entonces la Enseñanza sobre el Absoluto, esencia de las Upanisad, con las mismas fórmulas que ya Govinda, seis años antes, había empleado en la transmisión iniciática. Sánkara las repitió devotamente, absorto en su significado. Al término de la ceremonia, gracias a la cual el joven Sánkara había tomado la Adhyatmasamnyasa -la condición de renunciatario que se identifica con la conciencia suprema, desapegada de todos sus contenidos-, convirtiéndose en un Paramahansarivrajaka, monje itinerante de la orden más elevada en el seno de la ortodoxia brahmánica; Sánkara vio que le entregaban, de la forma esplendorosa de Siva, el libro que tenía en la mano. Lo abrió y, pasando las páginas, se dio cuenta de que contenía el mismo texto de su Brahmasutrabhasya; nadie podría imaginar una confirmación más explícita del nivel de la obra: en la simbología de la figura de Daksinamurti, el libro es la síntesis del conocimiento liberador, forma tangible de la omnisciencia divina... Sánkara retornó a Badarinatha transfigurado: desde ese momento era de verdad un Maestro del mundo (Jagadguru), investido de su misión de modo pleno y perfecto.




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